10 de diciembre de 2024

La intrusa del Perpetuo Socorro: a los 79 años del Premio Nobel de Literatura para Gabriela Mistral

Rey Gustav de Suecia entrega el Premio Nobel de Literatura a a Gabriela Mistral, Dec. 20, 1945, en Estocolmo. (AP Photo/Reportagebild)

“Primero me gané el Nobel/ & después el Nacional. /A pesar de que estoy muerta/me sigo sintiendo mal/ porque no me dieron nunca/ el Premio Municipal.” así reza el verso de Nicanor Parra, en un poema inédito que se conserva -con celo- en el Museo del Instituto Pedagógico, al interior de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, recordando a Gabriela Mistral, aquella poetisa, diaguita, diplomática, gnóstica, cristóloga, amante, pero sobre todo, universal. Y tal fue su universo expansivo, lleno de estrellas brillantes, que alcanzó el oficio de la difícil nobleza: la pedagogía.

Pero aquel “cuerpo de walkiria india” como se definía en respuesta a Hernán Díaz Arrieta, alfarería rota del que emanaban palabras dichas en cacán, en sueños, sobre el desierto o la estepa fría, fue “la intrusa”, mirada con el desdén de las capas superiores de la academia, flotando sobre sus diplomas, igual a las alfombras voladoras, ficciones propias de las Mil y Una Noches.

“Yo no soy la intrusa que decís en el mundo de los niños” dijo Gabriela en respuesta a esas instituciones formadoras de mercenarios educativos, aquellos que hoy abundan entre la abducción de ideas brillantes y la desidia de las citas pensadas por otros. “Lo soy, según vosotros porque enseño sin diploma, aunque enseñe con preparación (…) Intrusos con los que enseñan sin amor y sin belleza en un automatismo que mata el fervor y traiciona a la ciencia y al arte mismo”. Acá, nos aparece la poeta en rol de jueza, quien hizo de la pedagogía un hacer, tras hacer, tras hacer y con mucha urgencia, ya que para ella las infancias tienen un nombre claro: “Se llama Ahora”, según recoge el médico brasilero Pablo G. Blasco.

Mientras que Zegers, rescata una de las fracturas en su vida, la acusación de ladrona de lápices, en aquella Vicuña, parte de un Chile rural mayoritario donde más de dos tercios de la población era analfabeta. Esta acusación se emana de la propia profesora y madrina suya Adelaida Olivares, que sin tino -error indiscutido de nuestra humanidad- la afrenta con toda la humillación pública que una niña puede soportar: la injusticia y la soledad. “Allí me recibieron con una lluvia de insultos y piedras diciendo que nunca más irían por la calle con la ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones acerca de este hecho, y aunque logró convencer a mi maestra […] de mi inocencia, salió con la idea, por supuesto que impuesta de que yo no tenía condiciones intelectuales de ningún género y que sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos” haciendo referencia como, para aplacar el daño frente a dicha acusación infundada por una docente, se le termina por achacar algún retraso mental. Como también, un elemento casi profético de lo vendría a su futuro. Pero nada había en ella sobre las labores domésticas, sino con esa inteligencia prominente se volvió la más curiosa, inquieta y lectora voraz de los rusos literatos que la convirtió en una viajera a otras latitudes y una docente que revolucionó aquel México de la década de 1920.

Esta intrusa de las aulas, esta sindicada ladrona de útiles escolares, recibió hoy, hace 79 años, el Premio Nobel de Literatura desde las manos de Gustavo V, rey de Suecia en aquella época. Vestida de negro y con una sonrisa afable, la profesora rural que desembocó en un torrente amoroso, donde buena parte de su obra de sabor terroso, se lo dedica a todas sus infancias, porque eran suyas, en la enseñanza por el niño/a que tiene nombre y es Ahora, porque “pasados los siete años, lo que se haga será un enmendar a terciar y corregir sin curar”, dice la Nobel.

Tanto me gustaría escribir sobre Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, con el rescate poético y pedagógico que han hecho varias personas, pero sólo los y las poetas docentes podrán interpretar a la intrusa que nos da el socorro, siempre, cuando nos sentimos ajenos a la máquina lenta de una academia estéril que no siente más amor que por sí misma, en este “país de la ausencia extraño país”.

“Con edad de siempre, sin edad feliz”.

Compartir en redes sociales:
Facebook
Twitter
LinkedIn
Telegram